1989 -es

Fragmento traducido por Marian Ochoa de Eribe

1989

Poco después anochece y finalizan las prácticas con los cañones. Alguien tiene que ir con los bidones a la cantina para recoger la cena y traerla hasta la batería. Como nadie se ofrece voluntario, el cabo de guardia se ve obligado a nombrar él mismo a dos soldados. Yo soy uno, el otro es Moise, un tipo de Constanţa de cara ancha y nariz larga y afilada como un pimiento. Vendrá a buscarnos con el carro Barbu, el de la segunda batería. La segunda batería está en el extremo más lejano de la pista, la distancia hasta el cuartel es mucho mayor desde allí. No tienen parque automovilístico, pero cuentan con este precioso vehículo que elimina el cansancio de patrullar los tres kilómetros por la pista, tres veces al día, con unos bidones infernales a la espalda, llenos a rebosar de patatas hervidas –a las que todavía nos empeñamos en llamar “patatas guisadas”, probablemente por culpa del hambre-.

El carretero, como ya se ha señalado, se llama Barbu, un recluta chiflado; nada puede interrumpir la conversación con su jamelgo.

– Eh, atontado, a ver por dónde nos llevas –grita Moise cuando el carro traquetea en la oscuridad.

– Con estima y respeto de Barbu el arquitecto –le responde el chiflado, gritando contento por encima del hombro, luego retoma la conversación con la bestia de carga.

Pero parece que las sacudidas están justificadas. Sin darnos cuenta, hemos entrado en un muro de niebla. Resulta difícil asegurar si vamos hacia delante o hacia atrás, si estamos cruzando la pista, si avanzamos junto a ella, por la cuneta, o si seguimos el camino habitual, por la vía de seguridad paralela. Más aún: a nuestro alrededor, todo se anima, se oye el paso de camiones (se ven en forma de globos de luz que flotan a menos de un metro de nosotros), por ahí aúlla una alarma, se adivinan voces ahogadas y botas al trote, gritos y ruidos metálicos y detonaciones.

– Seguramente hemos dado con el Triángulo de las Bermudas –digo yo para animar aún más la cosa.

De Moise solo llega un silencio hostil porque se está perdiendo un capítulo de la Tele-Enciclopedia. O tal vez se nos haya extraviado por el camino.

Avanzamos a ciegas más de una hora dejándonos llevar sobre todo por el instinto del caballo; cuando llegamos al cuartel, el caos es total. Está claro que la luz proviene de los focos y no es una ilusión –los numerosos edificios alejan un poco la zona de vaho satánico-. Alguien nos grita que regresemos rápidamente a la batería  – reconozco la voz del lugarteniente Stanca, que corre hacia el Aro del comandante con un equipo amenazador-. Un pelotón de telegrafistas permanece alineado en un sendero mientras un lugarteniente les reparte munición. Otros pelotones corren por los caminos en diferentes direcciones. Se oyen un silbato y bocinazos y de nuevo una voz que llama al orden.

Naturalmente, ignoramos la orden de Stanca. Es imposible que volvamos de la puerta de la cantina a la batería sin el guiso de patatas. Probablemente nos matarían y nos asarían a fuego lento y no queremos provocar actos de canibalismo en el seno del ejército rumano. Oigo en medio del jaleo los gritos de Moise:

– ¿Qué cojones pasa?

Nos lo aclara el cocinero mientras vuelca la cena apestosa del caldero en los bidones:

– Han cambiado la consigna de alarma.

– Vale ¿y qué?

– Y… –dice él, retirándose el bonete hacia el cogote con el mango del cazo.

– ¿Y qué?

– Y una mierda… ¿Es que os habéis vuelto locos? ¿Nadie os ha dicho nada? Han declarado el estado de emergencia o como se diga… Los oficiales hablaban en el comedor de guerra civil en Timişoara, nos atacan los húngaros.

La cantina está a oscuras, hay una sola bombilla de guardia allá por encima de la puerta de la cocina. A través de la ventana empañada se ve una hilera de luces azules que emiten una luz intermitente, hipnótica, por los caminos que unen los edificios de las unidades militares. Las contemplo e intento comprender sus palabras mientras el cocinero embute los panes en la mochila. No parece asustado y me pregunto si no nos estará tomando el pelo. Las luces de alarma que se ven por la ventana me dicen que no. Me da una palmadita en el hombro para espabilarme y luego grita:

– Fuera… Venga, fuera, leches, que tengo que cerrar la cantina, es un objetivo estratégico.

– Espera un poco… ¿Objetivo? ¿De qué guerra?

Cuando nos echa a la calle, Moise se queda en la puerta de la cantina y la aporrea como un trastornado.

– Tío, estás loco. ¿Qué guerra? ¿Qué Timişoara?

– Marchaos, ¡van a bombardear esto! –se oye la voz tranquila del cocinero en el interior.

Acarreamos los bidones hasta el carro. Barbu permanece impasible. Moise, en cambio, tirita. A mí las palabras del cocinero no me han impresionado demasiado. Sin embargo, creo que deberíamos averiguar qué está pasando.

– ¿Hay guerra civil o peleamos contra los húngaros? Qué putada, ¿a ti no te parece raro? En cualquier caso, es algo serio…

Parece que hablo solo, Moise ya está en el carro y le clava el dedo en la espalda a Barbu para que arree al caballo. Subo de un salto al vehículo rústico en marcha y me siento en el pescante trasero con el petate de panes a la espalda. Permanezco en silencio y el miedo empieza a calar en mí.

Por los caminos del cuartel circulan trotando pelotones de soldados armados, todos gritan lo mismo: que despejemos el camino.

No, está claro que no puede ser. Me parece absurdo, me parece de mal gusto. No puede ser una guerra… ¿Cómo va a haber una guerra? ¿Qué guerra? ¿Y qué va a ser de nosotros? Todavía me queda un año de mili… No, no puede ser, si hay una guerra… Me quedan un año y dos meses de mili… ¿Un año y un mes? ¿Un año? ¿Cuánto? ¿Me? ¿Queda? Mecagüen la puta… Espera un poco, no puede ser, evidentemente no puede ser. ¿Qué guerra podría ser? ¿Contra quién? ¿No es suficiente con sobrevivir a duras penas? ¿No es suficiente con Ceauşescu?

Avanzamos a tientas por esta nada cada vez más densa, probablemente hemos salido de la zona de las instalaciones y nos acercamos a la pista. Probablemente, ¿quién coño puede decir algo con esta niebla? Al estado de intranquilidad le sigue un estado de irritación y luego una debilidad cercana al desmayo. El miedo aumenta, no consigo tranquilizar el corazón, me laten las sienes y las vísceras, tengo la boca seca, la lengua parece sufrir sacudidas eléctricas. ¿Qué hacemos? ¿Qué coño estamos haciendo? ¿Qué está pasando? ¡Tal vez habría sido mejor obedecer al lugarteniente Stanca y regresar a la batería como decía él!

Motores de vehículos pesados ronronean en nuestros oídos, en la lejanía ondulan voces, se oye un zumbido intenso de origen misterioso –me cuesta creer que los aviones puedan volar en estas condiciones; somos como espectros que no pueden concretarse en el mundo. Pienso que tal vez algunos de estos vehículos hayan pasado a través de nuestros cuerpos. Intento mirar a Moise, pero no veo más que un bulto que palpita negro en la oscuridad cenicienta del fondo destructor. No tiene rostro, no tiene un cuerpo con brazos y cabeza. A pesar de todo, me doy cuenta de que está mirando algo, un tanto de soslayo respecto a lo que podría ser –debería ser- nuestra dirección. Está mirando algo que, en estas circunstancias, parece un barco. Un barco gigante que se acerca a nosotros a una velocidad incierta. O tal vez no sea incierta, incierto es únicamente el destino de los hombres. Se acerca a nosotros algo que parece una casa con luces. Parece lejos. O muy lejos. Pero también podría estar cerca. Podríamos igualmente darnos de bruces con ella. No hay forma de saberlo… pero, si así fuera, deberíamos notarlo.

La casa no era una casa ni tampoco un barco. Era un camión. Conducido por Cremene, uno de los chóferes de nuestra batería. Y, ciertamente, avanzábamos por el centro del camino, era él el que venía un poco de través por la parte izquierda. Yo iba en la parte trasera del carro y estaba precisamente a punto de ponerme en pie cuando se produjo el golpe. Si la velocidad hubiera sido mayor, nos habríamos convertido en unos espectros de verdad. Nos explican todo esto mientras nos levantan del suelo y nos suben al camión para llevarnos a la enfermería –aunque es imposible que entendamos algo porque estamos todavía conmocionados-. Soy el único que sangra (no me dicen por qué), aunque Moise es el que más grita (grita sin parar). Barbu ha cogido al jamelgo del cabestro, lo que queda del carro y ha regresado a la batería, porque él ha resultado ileso, como si fuera un milagro –para que luego digan que Dios no cuida de los niños, los borrachos y los débiles mentales-. Me recupero del impacto y empiezo a hacerme una idea. La sangre ha transformado la pechera de la chaqueta en una mancha oscura y brillante. Abro los ojos de par en par. A medida que vuelvo en mí, no puedo evitar pensar que dentro de unos años, cuando alguien escriba la novela de mi vida, tendrá que empezar con la siguiente frase: En el mes de diciembre del año de gracia de 1989, nuestro protagonista, un soldado anónimo, fue herido de muerte poco antes del comienzo de la Guerra.

– ¿De dónde estoy sangrando? –digo con una voz que no es la mía.

– ¡Tranquilo! –grita alguien; me cuesta reconocer a Ovidiu.

– ¡No te toques! –dice otra voz, no veo quién es.

Pero ¿por qué no veo por ese lado? No veo… ¿NO veo?

– Cálmate, no te toques, vamos a la enfermería.

De repente oigo cada vez más cosas. Y siento muchas más. La espalda me duele en varios sitios aunque, si he conseguido subir yo solo al camión, probablemente no sea grave. ¿He subido yo solo al camión? Intento acordarme. Me escuece el dorso de una mano. La cara me late caliente, está todavía muy adormecida. Todo el mundo grita (al chófer, que se dé prisa), pero el que más grita es Moise (se le ha roto algo, no dice el qué). Me late la cara y empieza a dolerme, siento simplemente que se hincha como una vejiga. Seguramente dentro de poco tendré la cabeza como un balón lleno de sangre. Presiento una muerte agónica, espectacular.

– ¿Qué le pasa?

– No lo sé, vamos a la enfermería.

– ¡Ay Dios mío! –dice una voz a unos pocos centímetros de mi cara.

Por el otro lado no veo nada. No veo… ¿Por qué no veo? NO…

– ¿Qué pasa? ¿Qué tengo? –pregunta una voz que no es la mía aunque salga de mi boca.

Me ayuda a descender del camión el lugarteniente Cornea, estamos justamente en el sendero frente a la enfermería, la bombillas azules todavía parpadean en señal de alarma. Cuando consigo bajar, apoya una mano en mi pecho y, levantando los ojos y estudiando mi rostro, me enjuga la sangre de la barbilla con un pañuelo. Un gesto lleno de compasión que me hace sentir simpatía por él, mi corazón late unas cuantas veces agradecido.

En la enfermería alguien me dice que me tumbe. Es uno de los enfermeros,  también es de Craiova, un tipo simpático que la semana pasada me extrajo del pulgar el pus que había traído conmigo de Bărăgan.

– Espera, que te voy a quitar la mochila de la espalda… ¿Te duele algo?

Yo diría que me está tomando el pelo, pero entiendo que quiere saber si me duele algo más.

– La espalda, pero no creo que sea nada serio. No veo…

– Te suelto las cinchas y te tumbas ahí, ¿de acuerdo? –me dice en tono firme y me señala dónde tumbarme, me mira un instante muy serio-. Esperemos que no esté roto también el hueso.

Se agita a mi lado y suelta cuidadosamente las correas de la mochila del pan. En el accidente se ha abierto la tapa y el contenido se ha reducido a la mitad. Se me pasa por la cabeza que los de la batería se han quedado sin cenar, pero luego me doy cuenta de que los de la batería estaban en la casa con ruedas que nos ha embestido, así que estamos en paz.

Lo primero que me dice el médico, un comandante de unos cuarenta años, es que no me mire en el espejo. Lo primero que hago tras la exploración es –ya que lo ha dicho- mirarme en el espejo situado encima del lavabo en el que se ha lavado las manos. La mitad izquierda de la cara está hecha puré, hinchada y llena de sangre, coronada por una raja bastante fea en la ceja. ¿Bastante? Muy.

– En el ojo parece que no hay nada, pero no sé si el hueso está roto… En todo caso, que le hagan unas radiografías… hay que suturarla… que los lleven a los dos en ambulancia a las urgencias de Caracal.

*

Me cuesta despertarme, es la mañana del dieciocho de diciembre. No puedo decir que abro los ojos, más bien abro el ojo sano a medias–con el otro ni se plantea la cuestión. El médico de guardia, un hombre entregado a su trabajo, nos examina a todos sin agobiarse y hace unos comentarios tranquilizadores que te permiten imaginar cualquier cosa.

– Abuela, ya se la he sacado. Solo espero que no le salga otra.

Me vuelvo un poco para ver cómo reacciona la vieja. No reacciona, está inerte. Por la pinta que tiene –una mujer escuchimizada-, me pregunto qué le habrá podido sacar. Se detiene un instante junto a mi cama, mueve la cabeza incrédulo, luego se dirige hacia la puerta.

– Te has librado, tienes la cabeza muy dura –grita con el orgullo de alguien que ha cumplido su misión-. No tenéis nada – dice por encima del hombro al salir- pero os quedaréis aquí una temporada, creo que esto es mejor que el cuartel.

Entiendo que las últimas palabras van dirigidas a nosotros, a Moise y a mí. Pienso que tampoco está del todo mal tener la cabeza sujeta con un vendaje basto y que eso se llame salud. Probablemente la medicina haya evolucionado desde la última vez que estuve en un hospital.

En el pabellón de seis camas solo hay cinco ocupadas. Moise ocupa la cama frente a la mía. En las otras hay dos viejas y un campesino de edad indefinida, entre los cincuenta y los sesenta. Estamos en un pabellón de cirugía. O de medicina interna. O en reanimación. Está bien no haber llegado a la morgue. Estamos en el hospital, un hospital civil. Tengo la cabeza vendada, la cara hinchada, me duelen varias partes de la espalda, no sé cómo se traduce esto al lenguaje médico.

Anoche llegamos en ambulancia. Los recuerdos son bastante confusos. Recuerdo que me cosió un médico bajito (¿o era alto?) y calvo (¿o tenía una pelambrera revuelta?), recuerdo sus zuecos blancos (¿tenía zuecos?). Recuerdo haber visto con el ojo izquierdo la lámpara que me acercó a la cara después de haber conseguido despegar los párpados hinchados, en los que se había secado la sangre (esto es verdad, no puedo liarme con algo así). Luego me cosió la ceja. Recuerdo que un cráneo se paseó por delante de mi cara –deseo con toda mi alma que fuera una radiografía-. Recuerdo que me dijo que en una semana ya estaría listo para la mili,  pero que si nos portábamos bien nos dejaba allí también en Nochevieja. Recuerdo que no comentó nada de ninguna guerra.

Me cuesta incorporarme. Las viejas están hechas un ovillo, arrebujadas en las mantas; consumidas por el paso de los años, se han convertido en un par de momias en miniatura. No emiten señal alguna de vida, tan solo un olor sospechoso. El pabellón está frío y húmedo y flota un tufo agrio, a cuerpos enfermos que intentan con desesperación generar su propio calor. Los radiadores son un decorado inútil, emanan un frío metálico que atraviesa fácilmente las mantas raídas (se parecen mucho a los de los dormitorios militares… tanto los radiadores como las mantas). Así que el frío campa a sus anchas tras colarse por unas ventanas que, hasta la primavera, es poco probable que alguien en su sano juicio se atreva a abrir.

Cuando sale el médico de guardia, Moise le cuenta al campesino curioso lo que nos ha sucedido en una versión reducida y llena de dramatismo –insiste sobre todo en la parte de estado de emergencia, con la alarma que resultó ser real. Sin embargo, Moise está contento, no tiene nada, las radiografías están bien, unas pocas contusiones sin importancia. Está también contento porque tiene en perspectiva unas vacaciones de Navidad en el hospital –en lugar de una Navidad con el cabo Purcescu, gritando desde el espaldón del cañón la célebre réplica “¡Al suelo! ¡Adelante!”-. Así que su historia apocalíptica, relatada con ese tono alegre, parece una gansada. El campesino lo contempla incrédulo, mientras sale de debajo de la manta y tantea con los pies debajo de la cama en busca los zapatos. Está a la espera de ser operado, pero no creo que la enfermedad que dice sufrir exista en algún manual de medicina. Es bueno que sea un hombre confiado. Ahora le apetece salir un poco al pasillo para charlar con el primero que encuentre.

Bueno, pues ya sabemos dónde vamos a celebrar la Nochevieja este año. Pero ¿qué está pasando? ¿qué hay de la guerra esa en Timişoara? Pregunta Moise. El viejo lo mira extrañado, cada vez más extrañado a medida que Moise insiste y jura que en el cuartel los soldados han recibido munición de guerra. O sea, real, insiste él. O sea, munición de verdad, de esa para causar estragos, continúa, aunque ahora lo que muestra el aldeano es un asombro mayúsculo. Corroboro todo lo que ha dicho Moise eligiendo las palabras con cuidado. Sin embargo, tal vez no deberíamos hacerle esas preguntas, tal vez no deberíamos hablar tanto… no sé, creo que lo que estamos haciendo no está bien. Me levanto con dificultad, me duele bastante la espalda y le hago una señal para que salgamos a fumar.

El pasillo está vacío, huele a comida de hospital y a desinfectante, del exterior llega una luz mortecina, a través de la ventana se ve un cielo amarillento, de mañana invernal. ¿A quién le vas a preguntar? ¿Qué le vas a preguntar? De camino hacia la sala de fumadores al fondo del pasillo, pasamos con dignidad entre gente que nos mira con una mezcla de preocupación y de pena. Parece que venimos del frente, aunque nuestro temor es no llegar a uno.

Fumamos y la conversación toma otros derroteros. Moise de hecho hace planes para Navidad, escribirá a casa para que le envíen… ¿Qué? ¿Confeti y champán y un cucurucho amarillo de cartón? Porque en el año mil novecientos ochenta y nueve no te esperas milagros culinarios. Haremos una fiesta con una infusión de manzanilla y mermelada de cerezas –si es que tenemos.

Llegan unas canciones desde una radio, Aurelian Andreescu (¿o Marius Ţeicu?) aúlla melodiosamente una lírica metafísica: asuntos abstractos relacionados con la eternidad, la inmortalidad y las bodas celestiales.

– ¡Dios mío! –digo y tarareo los versos de la melodía (ETERNIDAAAD) en la medida en que me lo permite la cara hinchada.

– ¿Qué? –dice Moise mirándome con los ojos abiertos de par en par.

A pesar de todo, no es mal chaval, pero es torpe, muy torpe –echo de menos a Vlad, a Csabi.

– Estos que cantan… cantan sobre cementerios… -le explico y veo que finalmente se le ilumina la cara y se echa a reír.

En el patio del hospital hay coches y gente. A pesar de todo, no pasa nada, no están más nerviosos que de costumbre.

*

Martes, diecinueve de diciembre, las fábricas de Timişoara se transforman en la preocupación número uno de las autoridades. Las noticias circulan por todas partes porque, curiosamente, los teléfonos todavía funcionan. Todo el mundo se ha hecho una idea de la situación. Las negociaciones con los representantes del aparato estatal –la mayor parte de ellos dignatarios del partido venidos de Bucarest- han fracasado. La gente se agita, se solidariza, las huelgas se extienden. El ejército acerca cada vez más efectivos, en las calles y en torno a las fábricas se producen altercados, hay muertos. Puesto que no han cortado las comunicaciones, las noticias continúan extendiéndose y la suma de fuerzas entre los manifestantes parece no detenerse. Los eslóganes que gritan empiezan a tener un mensaje político claro: piden la dimisión de Ceauşescu, piden una sociedad libre. Toda Timişoara grita lo mismo. ¡LIBERTAD!

Miércoles, veinte de diciembre, los trabajadores ocupan todos los espacios al aire libre en torno a las fábricas. Empiezan las negociaciones, los oficiales intentan desesperadamente convencerles para que vuelvan al trabajo. Sin éxito. Hacia el mediodía, masas de manifestantes inundan las calles de Timişoara. Pálidos intentos de represión. El ejército no tiene órdenes claras para actuar contra los civiles que protestan –el jefe del Estado Mayor ha reconocido que la mayoría de los manifestantes son obreros. La actitud no-combativa de los soldados les lleva a los manifestantes a pensar que el ejército se ha posicionado con el pueblo. Se producen enfrentamientos, pero son pocos, surgidos a partir de unos altercados espontáneos o provocados por la Securitate.

Los manifestantes no cuentan con una estrategia más allá de los eslóganes que recuerdan la no-violencia –“¡Sin violencia!”- y piden al ejército que se una a ellos –“¡El ejército está con nosotros!”-, pero, de forma instintiva, la gente se dirige hacia lo que convertirá en el corazón de la Revolución y en el primer símbolo de la misma: la plaza de la Ópera del centro de la ciudad. Las fuerzas del orden se ven desbordadas, decenas de miles de ciudadanos, procedentes de todos los rincones de la ciudad, lo abarrotan todo y, finalmente, se retiran hacia los márgenes de la plaza. Hasta el mediodía, se lanzan discursos bastantes incoherentes desde el balcón de la Ópera, muchos les piden a los manifestantes que se mantengan unidos. Nadie parece preparado para lo que va a venir. Luego aparecen unas figuras que hablan en nombre del Frente Democrático; incluso aunque sean indicios de victoria, la revuelta ha alcanzado ya unas proporciones desconocidas, las reivindicaciones son titubeantes, ardorosas, sin una dirección precisa, la gente no tiene una línea política clara –es imposible que la tengan-. Los oradores piden en primer lugar la retirada de la pareja dictatorial. Piden la liberación de los arrestados los días precedentes. Piden el cese de los altercados y de los destrozos, aseguran a la gente que el ejército está de parte del pueblo. Al menos están allí y pueden hablar libremente. Está claro que el asombro ante el hecho de poder hablar en un espacio público, abierto, sobre esos asuntos se añade también a la lista de emociones y de nervios de los últimos días. Cuando aparecen por fin los representantes del primer círculo del poder, esos en quienes Ceauşescu deposita sus esperanzas, se organiza un comité de unos veinte manifestantes y empiezan las negociaciones en el edificio de la Ópera. Es un momento de gran importancia psicológica. Si bien al principio los miembros de este comité ad-hoc se sienten intimidados por los personajes a los que se enfrentan, poco a poco, a medida que la muchedumbre de la plaza se anima y expresa su apoyo de forma ruidosa, recobran el valor y sus reivindicaciones alcanzan un tono radical. Se habla claramente de la dimisión de Ceauşescu y de la convocatoria de elecciones libres. Los hombres de Ceauşescu saben cómo lidiar esa batalla, pierden tiempo con habilidad mientras unos rumores destinados a debilitar la moral de los sublevados recorren la plaza. Dicen que va a haber una contraofensiva de las fuerzas de la Securitate, que las redes de distribución de agua estás envenenadas, que están organizando trenes con contramanifestantes en otras ciudades del país. De todos esos intentos de intimidación, el único verdadero es este último. Al día siguiente por la mañana, el veintiuno, a la estación de Timişoara llegarán los trenes con trabajadores procedentes de las ciudades del sur. Armados deprisa con palos fabricados con  herramientas, les piden que participen en este acto patriótico y que vayan a limpiar la ciudad de grupos de vagabundos y de golfos a sueldo de agentes extranjeros. La operación fracasa por la falta de sincronización de los órganos locales del partido, que habrían debido esperarlos en la estación y continuar con la manipulación. Sin ese importante eslabón, los obreros consiguen hacerse por sí mismos una idea sobre lo que está pasando. Así que toda la historia se vuelve contra las  autoridades, los trabajadores del sur no siguen el plan y finalmente vuelven a casa, llevando consigo la noticia de que Timişoara se ha levantada contra Ceauşescu. Este funesto plan habría debido ocupar el vacío dejado por el ejército, que, a pesar de la coacción política, a pesar de los esbirros del partido colocados en los puestos clave, no parece dispuesto a aumentar las proporciones de la tragedia. Por otro lado, se produce un fenómeno psicológico natural: en las calle luchan soldados cuyos sentimientos respecto al régimen no son muy diferentes al de los manifestantes.

El resultado de las negociaciones resulta ambiguo, los manifestantes de la Plaza de la Ópera se han reducido a la mitad y los negociadores que los representan están agotados tras varios días sin dormir. La atmósfera es confusa y tampoco en la calle parecen tranquilas las cosas, existe el temor a unos nuevos acontecimientos sangrientos. Aun así, Timişoara es declarada ciudad liberada de comunismo.

Lo sucedido aquí pronto encuentra eco en el resto del país. Hoy en Timişoara, mañana en todas partes, el eslogan que corean los manifestantes parece cumplir su pronóstico. En las ciudades más importantes tienen lugar acontecimientos semejantes que siguen más o menos el mismo guion. No se producen disturbios violentos en todas las ciudades y, aunque el número de víctimas es considerablemente inferior al de las de Timişoara, hay bajas. Lo cierto es que todo el país hierve. Ceauşescu no puede resistir más.

El desenlace de la Revolución se traslada a la capital, a Bucarest.

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